Los lenguajes del amor

Varios meses sin escribir, por falta de organización en mi tiempo, y también porque he tenido tantos y tan variados entendimientos propios, que si bien los he venido documentando en mis notas privadas, son tan íntimos que no veía cómo plasmarlos en algo tan ampliamente compartible como lo es este medio.

El presente post, vuelve a tener tintes románticos, con algo de nostalgia por el pasado, con total agradecimiento por aquél, así como por el presente, e inevitablemente con un gran entusiasmo por el futuro.

En un reciente viaje al exterior, tuve una sesión bonita y extraña, por el inesperado mensaje revelado a través de la misma. Era una sesión donde se reúne gente para mejorar sus habilidades de comunicación en público. El orador de la primera de las charlas, y de lejos el mejor de la sesión, habló sobre el libro de Los cinco lenguajes del amor de Gary Chapman.

Hacía años yo lo había leído, y lo recomiendo, pues grosso modo, habla de entender y superar los desencuentros que a veces se dan en las relaciones, entendiendo que todos tenemos lenguajes de amor distintos y que buscar hablar el lenguaje del otro contribuye a recuperar armonía. Cuando leí ese libro, lo trabajé y busqué que lo trabajáramos con mi pareja de ese momento, intentando evitar la caída de la relación que ya se avecinaba… Recuerdo haber identificado muy claramente cuál era mi lenguaje de entonces: tiempo de calidad.

Al escuchar los lenguajes durante la charla, me quedé sobrecogida al darme cuenta que yo había borrado por completo de mi memoria la existencia de uno de los lenguajes, y no podía creer que no fuera ése, uno de mis lenguajes prioritarios: el del contacto físico.

No podía entender bien por qué me había conmovido tanto, y valga la pena decir que fue mi gran amigo con quien ese día almorcé, tras varios años sin vernos, quien me ayudó a interpretar mi revelación. Entendí que este ‘giro’ en mi lenguaje, era parte de la evidencia del proceso de revelar mi verdadera esencia, conforme me he desvestido de tantas capas que no me pertenecen.

Hoy creo que mi necesidad de tiempo de calidad de esa época, cosa por la cual me quejaba mucho en esa relación, nunca la vi satisfecha –desde mi punto de vista-, quizá porque yo vivía tan acelerada, pero sobre todo era tan controladora y egocéntrica, que creía que todo su tiempo, toda su atención, debían ser para mí, que cómo no íbamos a pasar tiempo juntos si estaba definido que teníamos una relación… en fin… La verdad hoy creo que mi elección de ese lenguaje era –como digo yo- desde la cabeza, desde el ego, desde el miedo, en los términos en los que lo acabo de resaltar…

Creo que hasta había aprendido a darle valor a la baja asiduidad de nuestro compartir en esa relación pasada, porque pensaba que si nos veíamos más, nos aburriríamos, o en ese caso, pelearíamos más, etc. Yo siento que en el fondo, sí le tenía miedo a pasar mucho tiempo con alguien… y quizá por eso compré el concepto de poco tiempo pero con calidad.

Es muy bonito entender cómo se aprende y se afinan los deseos, por contraste, y también por contraste, se valoran cosas que se han tenido antes.

Tras estos discernimientos, hoy puedo decir con claridad, que fue en mi más reciente relación, en la que más tiempo y de calidad he compartido en la vida. No imaginé jamás que pudiera ser tan placentero, pasar tanto tiempo con alguien, compartir toda variedad de actividades, desde la más reciente, excitante y dinámica como correr, hasta compartir incluso nuestros silencios, y nuestro hacer cada uno sus cosas, pero juntos… Simplemente compartiendo nuestra energía, sintiéndola, disfrutándola… sintiéndonos contentos, cómodos y en paz.  Valga la pena aquí reconocer que, correr es el mejor regalo intangible que me hayan dado y sin duda es el mejor regalo que este hombre me dio… una de esas cosas que el dinero no puede comprar…

Volviendo al mencionado libro, éste se refiere a cinco lenguajes, a saber: (i) palabras de afirmación, (ii) tiempo de calidad, (iii) recibir regalos, (iv) actos de servicio y (v) toque físico.

En razón de la conciencia revelada en aquella sesión, y que hizo que trajera a mi mente los contrastes vividos en términos de los lenguajes de amor en que me han hablado, hoy tengo una enorme sensación de agradecimiento.

Poder experimentar la plena satisfacción en el lenguaje de tiempo de calidad, tras haber vivido años atrás el total contraste, me permite reivindicar a aquél a quien tanto recriminé por no hablarme en ese lenguaje… Probablemente a quien más reproché que me diera tiempo de calidad es de quien más dulces, amorosos e insondables recuerdos tengo en el contacto físico, y sin duda, en lo que al lenguaje de los regalos se trata, es el que más se tomaba tiempo y se esforzaba en pensar los regalos especiales que me hizo… éste, el que me dio regalos costosos.

Hubo otro que me dio regalos no tan costosos o ciertamente unos sin costo alguno, pero igualmente pensados, por lo que me impresionaron el alma. Me regaló libros, algunos de historias de amor, donde creo que algunos personajes me revelaban su verdadera identidad… Me regaló libros de poesía y ese día me leyó unos versos, bajamos de internet música con la que nos imaginamos tener juntos un bar, me explicó canciones que me regaló, otras canciones le canté y otras le bailé, y me regaló faldas que le desfilé.

Pero el lenguaje con el que yo más recuerdo a este hombre, es el de sus palabras de apreciación hacia mí.  Para ilustrar la belleza de éstas, recuerdo un día que yo compré un atuendo con el que lo había puesto a fantasear una tarde, y como siempre me gusta poner un toque de dramatismo, al llegar esa noche a mostrárselo, estando de espaldas hacia él, dejé caer con presunción un largo y pesado abrigo negro, que lentamente descubría un vestido negro pegadito y cortico, con unas botas de gamuza sobre la rodilla, sin medias, para luego girar y mirarlo pícara y seductora… Tras ese encuentro, me diría que él había visto mucho cine en su vida, y que esa imagen en su memoria “era una de las escenas cinematográficas más lindas que hubiera visto en la vida”… Esa es sólo una de las muchas y hermosas frases que me dijo, con las que me hacía sentir tan especial… las palabras que recuerdo de él son -para mí y con sus propias palabras- de carácter cinematográfico…

Tras mi balance, creo que me hace falta experimentar plenamente el lenguaje de los actos de servicio… Yo, en cambio, he hablado mucho en ese lenguaje.  Puedo decir que soy muy generosa con el cuidado de mi hombre.  Me fascina consentirlo, cuidarle una gripa, servirle la comida, exprimirle unas naranjas para su jugo, hacerle un chocolate caliente un domingo al final de la tarde, recogerlo en el aeropuerto, comprar y desfilarle ropa sexy… en fin…

Cada relación ha tenido una mezcla distinta de los lenguajes en que me han hablado, y si bien cada uno de estos hombres ha sobresalido específicamente en uno de ellos, estas relaciones han sido perfectas tal como han sido. Cada vez que comprendo más el sentido y el propósito de estas relaciones, más las aprecio, y por eso, mi recuerdo de ellas es un tesoro.

Así, me siento feliz de ver cuánto he vivido, cuánto he amado, cuánto he aprendido, cuánto me han amado… Cuánto más me falta por experimentar y cuánto más amor quiero dar… Y como ya lo he dicho y lo saben mis asiduos lectores, estoy feliz de seguir aprendiendo de mí, en mi clara área de aprendizaje en esta experiencia física: las relaciones de pareja…. Así, seguiré aprendiendo hasta encontrar la que para mi espíritu sea la mezcla óptima de los lenguajes del amor…

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Llegar a los cuarenta o el salto cuántico

Nunca he tenido preocupación alguna en relación con la edad. Recuerdo amigas que ya se traumatizaban cuando cumplíamos veinticinco, y tengo amigas que no confiesan por nada que tienen cuarenta. Por mi parte, feliz, todo el año dije que tenía cuarenta, cuando sólo dentro de unos días los cumpliré.

En términos objetivos, y por supuesto asumiendo que no hay un evento excepcional antes, nuestra expectativa de vida es de unos ochenta años.  Así, llegar a los cuarenta, significa que apenas estamos llegando a la mitad de nuestra vida! No es acaso eso muy emocionante?

Hace unas semanas le compartía esto a un amigo y él afinó la idea diciendo que la situación era mejor aún, puesto que probablemente a esta edad, con mayor o menor rapidez se ha venido despertando nuestra conciencia, y ese despertar es quizá el momento de nuestro verdadero nacimiento. De esta forma, en el mejor de los casos quizá llevemos menos de diez años elevando el nivel de conciencia sobre nuestras vidas, sobre el propósito de éstas, sobre las prioridades… así que a los cuarenta -en términos físicos-, escasamente tenemos unos pocos años de verdadera sabiduría! Estamos superando la hora de la “mañana de nuestra vida” como llama Wayne Dyer a la etapa antes del llamado cambio cuántico, iniciando apenas una tarde deliciosa.

Me siento feliz, no solo porque amo y cuido el vehículo físico en el que estoy recorriendo esta experiencia terrenal, sino porque procuro cada vez cuidar mejor el alimento que le doy al alma.

He visto en amigos, en gente cercana y por supuesto, he experimentado en carne propia en los últimos años, ese salto cuántico, ese proceso que hace que repentinos entendimientos transformen la vida.

En el libro Quantum Change (1), se realizó un estudio donde los investigadores preguntaron a las personas que describieran sus valores antes y después de su cambio cuántico. Su autor explica que cuando a la gente que lo experimentó se le preguntó qué cambió, ellos dijeron “Todo”. Dice que “muchos aspectos de la persona se mantuvieron igual y que lo que sufrió un giro es cómo la persona entiende y percibe la realidad. Los valores centrales cambiaron y se volvieron más claros. (…) No es que los valores fueran ligeramente modificados o corregidos. El sistema de valores de la mayoría dio completamente la vuelta. La mayor ganancia fue la prioridad otorgada a la espiritualidad que subió de la última parte de las prioridades al primer lugar en el caso de los hombres y al tercer puesto en el caso de las mujeres.” (El subrayado es mío)

Por parecerme interesante, comparto la siguiente tabla que resume los resultados de dicho estudio, de la priorización de cincuenta valores que se dieron y de los cuales se les preguntó “Cuáles son los que tienen más importancia?”

Hombres

Mujeres

Antes

Después

Antes

Después

Riqueza, acumulación de dinero Espiritualidad Familia Propio crecimiento personal. Cómo se sienten sobre sí mismas
Sentido de aventura Paz personal, menos ansiedad, menos estrés Sentido de independencia Sentido de autoestima
Logro Familia Carrera Espiritualidad
Placer, diversión Sentido de propósito Adaptación, encajar Felicidad
Ser respetado Honestidad consigo mismo Atractivo Compasión

 

 

En lo personal, me he dado cuenta que apenas llegar a los inicios del entendimiento de lo espiritual, exige primero el trabajo del alma (mente y emociones). Sólo hasta ahora lo estoy entendiendo. Los escritos que he compartido hasta la fecha evidencian un proceso del llamado crecimiento personal, que yo diría es el trabajo en el alma, donde lo que subyace -cada vez más consciente que inconscientemente- es el deseo de crecimiento espiritual, el deseo de llegar a Dios, o como lo escribí en un post anterior, el deseo de regresar a casa, a Él.

He comprendido que el propósito del trabajo en el alma, sólo busca el entendimiento de nuestra perfección eterna, es decir, tal como somos aquí y ahora. Y es pertinente en este momento esa explicación de Dios, que comparto con Neal Donald Walsch y que describe muy bien en su libro Conversaciones con Dios, y es que somos una parte de Él.

Somos una parte, un alma que en algún lugar, en algún momento, eligió buscar experimentarse de cierta forma… Un alma que aceptó que se le olvidaría esa elección, ese deseo y que vendría a este mundo a recordarlo… Esa forma en la que elige experimentarse, siempre tiene que ver con el amor. Hablo del amor trascendental, que no es el amor romántico. Recordemos precisamente que el enamoramiento es en-amor-miento.

Así, para llegar a tenerse esa experiencia deseada, antes tiene que vivirse la experiencia contrastante. Por ejemplo, si Dios a través de alguien quiere experimentarse como humilde, para hacerlo y comprenderlo tiene que empezar por experimentarse como un ser soberbio y que se cree controlador de su destino, y por eso, Él mismo diseña un Plan que permite que a través nuestro pueda hacer esa vuelta de retorno: de la soberbia a la humildad, recorrido que seguramente representará uno de esos muchos procesos de “aprendizaje” en la vida… Para experimentar necesidad de paz, se necesitaba experimentar el caos en el que se sume hoy el mundo… Ese par de cosas, por mencionar algunas de esas debilidades individuales o colectivas, puesto que lo uno lleva a lo otro…

No creo que exista lo “malo”, ni lo “bueno”, todo hace parte del Plan de Dios para experimentarse de las mil y una formas en que pueda hacerlo, para terminar regresando a sí mismo, y terminar recordando lo que de verdad es, es decir, amor.

Eso es lo que significa nuestra perfección.  Amarse y aceptarse uno mismo tal como es, sin darse palo, pero con la conciencia de tener que desaprender… Somos perfectos aún en nuestra arrogancia, en nuestro egoísmo, en nuestro materialismo, etc., porque de qué otra forma llegar a sabernos humildes, generosos y desapegados?

El camino de regreso a casa, es el camino de desaprender personalidades, y la valoración que de éstas hacemos. Las personalidades son disfraces del ego. Ni siquiera los atributos vistos como “positivos” constituyen lo que somos en la esencia… Recientemente, un amigo me hizo caer en cuenta de eso… esas virtudes terminan siendo juicios! Si yo soy alguien que se llama “inteligente”, exige que actúe siempre en consecuencia… por qué no puedo darme el espacio de ser un poco tonta?, porque eso sería “incoherente”?, o si soy “elegante” por qué no poder reír a carcajadas con tranquilidad? O si soy “responsable”, por qué no puedo soltar ciertas cargas que ya no me pertenecen?… por qué no??

Soy y amo lo que en el momento soy, si de manera consciente hago gala del Más alto pensamiento de Mí misma… o visto de otra forma, si ejerzo La visión expandida de Mí misma, esa visión propia que quiero emular. En ese par de conceptos, puede resumirse lo que Dios quiere experimentar a través nuestro. Por eso puede que me ría fuerte, haciendo gala de mi alegría –sacrificando elegancia-, o que en un estado de genuina inocencia, sacrifique inteligencia y sagacidad… Todo, por fortuna, es tan relativo! Y aún así tan “coherente”. Exquisita y fogosa, ingenua y sagaz, dulce e impetuosa, responsable e impulsiva. Todo eso está en la misma mujer!

El estado de ser es el estado de una energía, que es lo único que somos. Qué es este cuerpo cuando se da la última exhalación? Nada. Este cuerpo vive en razón de dicha energía, que deberíamos avivar permanentemente, pero no hacemos sino apagarla, suicidándonos en cámara lenta, intoxicándonos, provocando nuestra descomposición, a través de la comida que elegimos, del alcohol, del cigarrillo, de las drogas, del sedentarismo…

En términos del alma, en tres cosas se resume la energía que somos: seres de amor, paz y alegría… Almas con poder, entendimiento, sabiduría, abundancia, fuerza, belleza, armonía y éxito, donde todo el fundamento, todo lo que anima el alma es el espíritu. Y en este caso apagamos esta energía, también con alimentos inconvenientes: pensamientos inútiles.  Otorgamos más poder a la voz de la mente, que viene de las culpas y resentimientos del pasado o de las preocupaciones del mañana, en vez de escuchar la voz del alma que sólo vive ahora…

Ya somos lo que queremos ser. No genera acaso mucha paz tener este entendimiento? A mí sí.

Vinimos a esta vida a dar, en todas nuestras relaciones, en nuestra relación con nosotros mismos, en las elegidas por nosotros como los amigos y los amantes, y en las no elegidas por nosotros y quizá las más desafiantes: las relaciones con nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos.

Y en lo que a la función nos toca, dar, es estar en actitud plena de servicio, que cuando se hace con conciencia y con genuino desinterés por el dinero, éste llega porque llega. El dinero, se vuelve entonces un destino al que se llega de forma natural, pero no es el objetivo.

Personalmente, los recuerdos y evaluaciones propios, me han mostrado que nunca me ha movido la competencia con otro, por eso por ejemplo nunca me han gustado los juegos de ganar o perder, me encanta divertirme. Puedo decir también que no son los “retos” lo que me mueven, porque los retos se asumen, y cada día hay que encontrar el motor que nos mueve a mantenernos en ellos. En los retos que he asumido en mi vida, en el fondo siempre he sabido que llegaré a la meta, la que sea, siempre. En uno de los momentos más desafiantes de mi primer empleo, se dieron circunstancias que me empujaban a renunciar y no lo hice porque sabía que todo mi potencial se desarrollaría ahí, si capitalizaba lo que había aprendido y lo que podía aprender… y así fue. Aprecio enormemente toda mi experiencia en ese lugar, y la profesional y la mujer que salieron de allí. Un ejemplo actual, mi interés por correr una maratón completa, idealmente en New York, es por toda la atmósfera que envuelve la experiencia… Yo ya sé que voy a terminarla…

Incluso con los amores, nunca he tenido sentido de competencia.  En el amor no se gana ni se pierde… intuitivamente desde siempre he sabido del carácter expansivo e inextinguible del amor… En cosas de hombres siempre “voy por su corazón”, y una vez lo tengo, sé que siempre lo tendré, aún terminada la relación… Así las cosas, siempre he “ganado”…

Así, ni el reto, ni la competencia me mueven, hago las cosas por gozo puro. Experiencias del pasado que me dieron mucha gratificación, me recuerdan que fueron originadas en mi deseo de ayudar, de servir, como cuando fui monitora en la universidad, o cuando me fui a vivir a un pueblo en la selva buscando ayudar a la comunidad, o cuando en las vacaciones de mi máster opté por venir a trabajar a Colombia y hacer el internship con una empresa del tercer sector (organización no gubernamental y sin ánimo de lucro), en vez de irme a un viaje que había previsto por Vietnam y Camboya (viaje que aún hace parte de los viajes de mis sueños).

Así que, lo que hasta ahora estoy entendiendo en el ámbito de lo espiritual, es que la vida se trata de construir un círculo virtuoso donde el gozo de uno viene por servir, por otorgarle gozo a los demás casi que por encima de uno mismo (en los negocios, con los hermanos, con los amantes), extrañamente bonito. Simplemente dar. Por eso, me siento apenas en kínder, pero con una gran paz por el entendimiento que tengo.

En kínder entonces, soy un impúber en términos de sabiduría, de cara a mis siguientes cuarenta años. No puedo estar más emocionada por eso!! Bienvenidos mis próximos cuarenta y más!!

 

(1)     Quantum Change: When Epiphanies and Sudden Insights Transform Ordinary Lives. Author: William R. Miller

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La pieza faltante

Se creía un rompecabezas y siempre estaba ordenando las fichas existentes, y buscando las faltantes. Su intenso ritmo de vida era resultado de esa enorme sensación de incompletitud. Estaba permanentemente en la búsqueda de las piezas que la llevaran a la perfección. Posteriormente entendería que lo que buscaba era dar tregua a su frenética existencia, y fue en el recorrido de un rosario de romances que identificó que conforme sentía que incorporaba piezas faltantes, su vida se tornaba cada vez más tranquila. Sus experiencias románticas le daban la pauta para incluir una a una las piezas restantes.  Así, acumular más piezas tras cada nueva relación, no sólo era sosegador, sino excitante. El dolor de cada nueva ruptura era superada más rápido que la anterior, y algunos asociaban esa actitud con frialdad, que en realidad era discernimiento. El objetivo estaba claro: la perfección.

En algún punto de su delirante documentación y estudio para incluir piezas, aprendió que la gente vibra y tiene atributos acordes con el significado de su nombre… Una de las acepciones del suyo era la de cazadora.

Aún antes de saber esto, invariablemente hizo gala de ese significado. Donde ponía el ojo, ponía la flecha. De manera infalible, se involucró con hombres a quienes había deseado mucho tener a su lado. Siempre los eligió.

Para cuando conoció a uno de los primeros elegidos: Protector, caracterizado por ser jovial y ameno, ella estaba ávida de libertad, demasiado autosuficiente para necesitar ser protegida por nadie, desencuentro total…

Uno de sus elegidos más amados, Próspero, era práctico, disciplinado, constante y esforzado, en busca de esa prosperidad que le daría seguridad. Ella buscaba más aventura y romanticismo… Luego supo de la existencia de Conocido por su gloria, y decidió que ella también lo quería conocer.  Su perseverancia la llevó a ello, y fue gracias a él que corroboró que es posible enamorarse una vez tras otra, y que siempre hay lugar para un nuevo amor. Su otro adorado, Fuerte, y que ama lo que está más allá de la superficie de los seres y de las cosas, la amó en su esencia como ninguno, sin embargo, lo que más impreso estaba de la fortaleza de su nombre, eran sus paradigmas mentales, cuando cada vez más, y de forma acelerada, ella rompía esquemas…

Tras sumar y cuadrar fichas, intuía que poco le faltaba para sentirse completa. Fue por esa misma época cuando conoció de la relación entre las personas y sus nombres, y fue cuando supo que su nombre significaba Llena de luz divina, y que el nombre de su amado y ya muerto padre era Que ama a Dios, y llamó su atención el hecho de ver que no había salido con nadie que tuviera un nombre relacionado con Dios.  Fue entonces cuando conoció a Dios recompensará, quien ama el acompañar y ser acompañado, y con quien pudo experimentar que compartir tiempo -como con nadie lo había hecho hasta entonces- no le restaba libertad, ni le producía aburrimiento. Ése fue un gran descubrimiento para ella.

Todos los Guerreros, Fuertes, Viriles, Gloriosos, Prósperos, Protectores, que amó, eran sabios, que por haber sido de ayuda en su búsqueda de las piezas faltantes, ganaban la gracia del vívido sentimiento del amor eterno.  En su sabiduría, ellos amaban la esencia divina de la cazadora, y se ama eternamente lo permanente y puro. Asimismo, haciendo honor a la esencia amorosa de su divinidad, ella decía que el amor es inextinguible, expansivo y no exclusivo, y por eso mismo los amó a todos y cada uno por siempre…

En su eterna, aunque inconstante interacción con ellos, cada uno le permitía recordar sentimientos y emociones. Se divertía con la jovialidad y la risa de uno, y recordaba la serenidad de sentir seguridad al lado de alguien, con otro. Y amó profundamente a quien enaltecía su feminidad toda, por ser cómplice aplaudiendo -casi con exageración- su vanidad en lo estético, cosa que hacía, porque como nadie él, había esculcado, conocido y disfrutado su esencia verdadera…

Así, pensó que Dios recompensará le había sido enviado, como el descanso al final del largo recorrido, y que este hombre constituiría esa relación profunda y duradera con la que soñaba, y que sería el último de sus amores.  Sin embargo, de nuevo hubo ruptura…

Para este último rompimiento, la cazadora se sintió cansada, ya no la emocionaba más la idea de escudriñar para encontrar la bendita pieza faltante… Y ahora cómo encontrar a su amor último si aún no estaba completa?

Intuyó que si de la cazadora dependía, la búsqueda sería de nunca acabar, puesto que continuar bajo esa vibración, la llevaría –consciente o inconscientemente- a seguir cazando, luego irremediablemente habría presa, y su naturaleza la llevaría a una inevitable nueva ruptura… Fue entonces cuando  la cazadora renunció al arco y la flecha, cedió el control, eligió no elegir más a sus presas, decidió entregarse… y le pidió a Dios que le diera la claridad para saber cuál era entonces la recompensa que de ÉL, le otorgaba su último amor…

Y en su genuina entrega le sobrevino el diáfano entendimiento de la pieza que faltaba…la clave estaba en su nombre: Llena de luz divina… eterna, omnipotente y perfecta. Su presunta imperfección sólo existía en su mente, bajo su creencia de estar inconclusa.

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Vivir la vida como maratonista

Una de las razones que esgrimo para vivir mi vida como la vivo es porque quiero inspirar, servir, trascender. A mi interés por trascender lo he desvestido de ego, al haber llegado a entender que nuestra inmortalidad en la vida de las personas está construida con cosas absolutamente sutiles, casi que imperceptibles por la mente, como dice El Principito, cosas que sólo se ven con el corazón, porque “lo esencial es invisible a los ojos”.

Varios pequeños eventos y referencias, me han hecho entender que a diario estamos trascendiendo, estamos construyendo nuestra propia inmortalidad… Basta con pequeños actos, genuinos y desde el corazón, y no desde la cabeza… Me he dado cuenta que cuando de manera desinteresada y compasiva ayudamos a alguien, cuando ofrecemos una sincera sonrisa o una genuina frase bonita, o hacemos una sugerencia amorosa, estamos sirviendo… Y el haber dado de manera genuina, puedo decir que genera una sensación gratificante como pocas.

El otro día leía que “el deseo de ayudar a otros, aún a nuestro costo personal, es tan necesario para nosotros, que lo experimentamos como una de nuestras principales actividades placenteras, tan esencial y placentera como comer y tener sexo!!

Así, son actos como ésos, los que construyen nuestra inmortalidad en la vida de esos a quienes les dimos de nosotros.

Una de las recientes referencias, la encontré en mi lectura de un texto del libro Confesiones de un Cheff de Anthony Bourdain (reconocido cheff de la industria restaurantera en Manhattan que hace el programa de televisión Sin Reservas en el canal Travel & Living), donde decía cuando descubrió que cocinar era lo que quería hacer en la vida que: “La cocina es poder. Poder para inspirar, asombrar, provocar, excitar, deleitar, deslumbrar. Poder para darme gozo a mí y a los demás.”… y eso, eso es servir. Lo que quiero decir es que en cualquier ámbito laboral, el servicio que verdaderamente inspira es cuando la función se desarrolla por el placer que genera darle gozo a otros.

Otra referencia que recuerdo, tiene que ver con alguien que me escribía alguna vez, que le costaba mucho trabajo acercarse a mi visión del mundo todo es bello y todo ocurre por alguna razón, y que independiente de eso deseaba con toda su alma que me fuera bien. A eso yo le dije que lo más bonito y evidente para mí, era que entrelíneas lo que yo leía era que él esperaba que a mí me fuera bien porque pensarlo así era esperanzador… Y sentí que el que  esa persona tuviera esperanza de que la vida sí se puede ver así, hacía que yo me constituyera en una inspiración suya, y me sentí muy bien, sólo por el hecho de que alguien mantenga viva la fe de que puede tener una vida más sosegada y feliz.

Para terminar de sumar a las muchas formas de inspirar que encuentra uno en la cotidianidad, la más reciente, fue cuando corrí hace apenas un par de semanas mi primera media maratón, mis primeros 21Km corriendo sin parar.

Una de las cosas que más me conmovía durante todo el trayecto era cómo se volcaban a las calles cientos de personas a vernos correr, y se emocionaban, nos azuzaban, nos incitaban a seguir, nos apoyaban, nos enviaban fuerza, “querían que nos fuera bien”… era muy bonito… En los últimos kilómetros de la carrera eso cobraba mayor valor… Para mí, era evidente cuán inspirador era para ellos ese grupo de personas que además de todo llamaban “campeones”… Y no puedo negar que me sentí gratamente enaltecida.

Lo que yo me preguntaba al escucharlos con tanta emoción, era por qué si éste es un plan abierto para todos, y si generaba tal éxtasis, por qué no eran ellos quienes hacían también parte de esto?

Y pensé que así funciona todo en la vida… Unos hacen las cosas y otros las ven hacer… Estadísticamente hablando, la referencia es la famosa Campana de Gauss… La mayoría está en lo grueso de la campana, y en las colas, están los que deciden ser del porcentaje de un dígito (por no poner un número exacto) de la población… Por supuesto hablo de la cola del desempeño excepcionalmente positivo… Olvidémonos de la otra cola J

Sólo un pequeño porcentaje, de los jugadores de golf se hacen un Tiger Woods, o en tenis un Rafael Nadal… Sólo un pequeño porcentaje de parejas tiene relaciones plenas, porque sí las hay. Y eso me recuerda la respuesta a un amigo cuando me preguntaba que en mi negocio qué porcentaje llegaba a ese nivel anhelado en el que puede decirse que se alcanza libertad financiera. Sí, también el porcentaje es de un dígito…

Lo que es claro es que quienes han llegado a hacer parte de esa proporción, en todos los ámbitos que he mencionado, lo han hecho por decisión, no por azar. Son los que corren una media maratón, los que deciden ser el mejor en su disciplina, ya sea un deporte o un talento artístico, los que se lanzan a la independencia laboral o son los que construyen una relación absolutamente satisfactoria. Todos esos, lo hacen por decisión.

Estoy leyendo un libro cautivante por su –yo diría- sentido filosófico del correr. El libro se llama De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami, escritor japonés que tras dejar el local de jazz que tenía, para dedicarse exclusivamente a escribir, comienza también a correr. En el libro “reflexiona sobre la influencia que este deporte ha ejercido en su vida y en su obra”.

Así, mientras lo leía no podía compartir más su forma de comparar lo que hay tras la decisión de correr y el sentido que para un corredor tiene la actividad, con el ubicarse en esa pequeña proporción de la que hablaba, en todos los ámbitos de la vida. 

Me sentí complacida de ver que toda una amateur como yo en estas lides del correr, entendiera el sentido filosófico que transmite. 

Una de las cosas que más me gustó de lo que dice, es que correr es un deporte donde la competencia es con uno mismo: “a los corredores de fondo no les importa demasiado que otro corredor les supere o superar a otros durante la carrera… La mayoría de los corredores suele afrontar las carreras fijándose de antemano un objetivo concreto: «esta vez intentaré hacerlo en tal tiempo» (…)”… y al final no importa si lo consiguieron o no. “Si al acabar sienten la satisfacción de haber hecho todo lo posible, si experimentan una reacción positiva que les vincule con la siguiente carrera, la sensación de haber descubierto algo grande, tal vez ello suponga ya, en sí mismo, un logro…. El orgullo (o algo parecido) de haber conseguido terminar la carrera es el criterio verdaderamente relevante para los corredores de fondo”.

Me gustó más aún como hila esto con su carrera, y me sentí identificada en mi carrera como empresaria en desarrollo de mi negocio: “Lo mismo cabe decir respecto del trabajo. (…) Tal vez el número de ejemplares vendidos, los premios literarios, o lo buenas o malas que sean las críticas constituyan una referencia de los logros obtenidos, pero no los considero una cuestión esencial. Lo más importante es si lo escrito alcanza o no los parámetros que uno mismo se ha fijado, frente a eso no hay excusas.” Dice sobre cuando terminó la primera novela que escribió y la envió a un concurso para escritores noveles: “Y es que a mí, más que si mi obra llegaba o no a ver la luz, lo que me interesaba era el hecho de concluirla”. Valga la pena mencionar que con esa novela ganó el concurso y que este autor fue uno de los candidatos al premio Nobel de Literatura el año pasado.

Correr es una metáfora útil para subir el propio listón de los logros, pues al superarlos, nos superamos nosotros mismos. La competencia es con nosotros mismos. De eso se trata la vida. Es una carrera de resistencia (la resistencia cardiorespiratoria es la capacidad del cuerpo para sostener ejercicios prolongados rítmicos)… Sostenerse, siempre con el propósito de dominar un arte, viviéndolo en paz, gozo y deleite.  Sostenerse por el orgullo de terminar algo con gallardía… no sostenerse por sostenerse, ni por demostrarle nada a nadie, ni por permanecer en el statu quo

Entendí que decidir correr la carrera de la vida, buscando el dominio de ésta como lo he mencionado, tiene un enorme valor, y es lo que hace que nuestra vida sea fuente de inspiración para muchos. Así es como trascendemos en vida, es esa la inspiración que nos hace verdaderamente inmortales…

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Volviendo a casa o mi reencuentro con ÉL

“La manifestación del mundo, lo mismo que su retorno a lo inmanifiesto, su expansión y contracción, son dos movimientos universales que podríamos considerar como el abandono del hogar y el regreso a él. Estos dos movimientos se reflejan en todo el universo de muchas maneras, por ejemplo la expansión y la contracción del corazón y la inhalación y la exhalación de la respiración. También se reflejan en los ciclos de sueño y vigilia. (…) Estos dos movimientos, la salida y el regreso, se reflejan también en los ciclos de la vida de cada persona.“ (1)

Hace poco tiempo sostuve una conversación con un amigo donde hablábamos del tener, del deseo y del apego. Él decía que, como lo proclaman las doctrinas de Oriente, lo ideal en nuestra vida sería no pretender en absoluto buscar tener cosas. Yo decía que no se trataba de no buscar tener (desde un punto de vista de acumular), sino de dos cosas: (i) buscar tener con desprendimiento y (ii) que el tener debe ser entendido como un medio para alcanzar una sensación, un sentimiento: una conexión.

En relación específicamente con el dinero, más que poseer cosas, mi propósito es tener más experiencias.  También sé que siempre quiero tener más de todo, no solo cosas materiales. Quiero más amor, más amigos, mayor profundidad en mis relaciones, quiero más serenidad, quiero más gozo, quiero más alegría, quiero contribuir más, quiero mayor trascendencia.

La vida es un paseo para regresar al hogar, a Dios, que es lo que yo entiendo por esa fluida relación entre uno mismo y la fuente suprema de todo.

Tengo claro que cuando deseamos algo es porque lo recordamos. Elegimos entre un sabor de helado u otro, por el recuerdo del que más nos gustó. Siempre queremos enamorarnos de nuevo, porque conocemos las mieles de la experiencia.

Hoy ya “poseemos” lo que deseamos (la sensación).  Ya somos lo que en teoría “queremos” ser. Pedimos la sensación de serenidad porque ya sabemos lo que es tenerla. Pedimos ser amados porque ya somos amados.

Cuando alguien nos inspira y queremos emularlo, es porque nos vemos reflejados en esa persona. Cuando vemos lo lindo en el otro, es porque lo reconocemos, al recordarnos en éste. Cuando somos inspirados por un líder, no es por los miles de dólares que se gana al mes, sino por como trasciende sobre la gente, por cuenta de haberse convertido en el ser que se ha convertido.

Esto me hace recordar algunas ideas de ese famoso discurso de Steve Jobs en Stanford que se llamaba Conectando Puntos:  “… no se pueden unir los distintos puntos mirando para adelante; se pueden unir únicamente mirando hacia atrás. Así que deben confiar que de alguna manera los puntos se unirán en el futuro. (…) Y lo que es más importante, tengan el coraje de seguir a sus corazones e intuición. De algún modo ellos ya saben lo que ustedes realmente quieren llegar a ser. Todo lo demás es secundario.” (El subrayado es mío).

No hay nada de malo en desear tener, lo importante es entender para qué.

No necesariamente es más espiritual un monje asceta que Carlos Slim. Comparto la visión aprendida de alguien que me enseñó que el dinero es energía, y por eso cuando alguien está conectado (con la fuente suprema de todo), es próspero, y en todo sentido: financiero, espiritual, en sus relaciones. Hay gente próspera financieramente y con una relación de pareja triste y vacía… Esa gente no está conectada del todo, y en ese sentido, no es verdaderamente próspera.

Existen ricos desprendidos y pobres apegados… Rico es el que no se apega, el pobre desapegado es verdaderamente rico.  Un importante empresario colombiano dice que la mayor riqueza es el don del desprendimiento”.

No busco acumular, quiero el dinero para transformarlo en una experiencia hedonista, o en una experiencia sentimental, generada por esa sensación de gratificación que ofrece el dar.

Si fuera una sola cosa por la cual intercambiar dinero, sería por los viajes, porque estos enmarcan algo que me apasiona: conocer culturas distintas, experimentar con la comida, por eso me fascinan los restaurantes… y en este caso es claro cómo uno no se apega a la experiencia, la disfruta, la suelta, y se regocija en el recuerdo cada vez que quiere…

También me genera mucho placer impresionar mis sentidos visuales y auditivos, a través de los espectáculos musicales de danza y los conciertos… También me encanta como mi ser es impresionado a través de los libros.

Sí, busco el placer de los sentidos… soy hedonista y sibarita. Pero también voy más allá.

Tengo claro que esa ansiosa búsqueda por experimentar, es solo la forma de buscar con el mismo afán, a Dios. Tengo claro que anhelo volver a casa, que no es otra cosa que volver a mí, conectada a él. Conozco el fin del camino, pero me encanta la idea de un camino lleno de aventura. Y el fin del camino no es nuestro funeral.  Se vuelve a casa a diario…porque por fortuna, morimos a diario…

Como dice Eckart Tolle: “Todo el viaje de la vida consta en últimas del paso que se da en el momento presente. (…) Y lo que encontramos al llegar a nuestro destino depende de la calidad de este paso. (…) Éxito es cuando el hacer se impregna de la calidad atemporal del Ser.” (1)

Para esto, inevitable la necesidad de negar el tiempo, el sicológico, y continúa Tolle: “es decir, el hábito afianzado de la mente de buscar la plenitud de la vida en el futuro donde no es posible hallarla y haciendo caso omiso de la única puerta de acceso a ella: el momento presente.”

Hace rato tengo claro que no seré más feliz cuando haya acumulado más viajes alrededor del mundo, o cuando ya haya ido a comer a El Bulli. Evoco con el mismo placer el encuentro hace años, para el cumpleaños de uno de mis mejores amigos en un elegante restaurante en Europa conde comimos erizos, ciervo y rayas de mar, así como recuerdo los muchos perros calientes que comía absolutamente divertida con un antiguo amante, y con el mismo deleite recuerdo el crepe que comí hace un par de noches con quien actualmente salgo, que valga la oportunidad para decir que, al constituir ese hombre el reflejo propio al que he llegado tras un consciente trabajo de fine tunning, él me hace ver cuánto más me gusta el ser humano en que me estoy convirtiendo, y así, me hace ver cuánto más me aprecio hoy en día…

El deleite de la vida está en el camino, no en el destino… Es como cuando nos vamos de vacaciones.  Sabemos de antemano que regresaremos hablando de las imponentes construcciones, o que se come delicioso en tal o cual restaurante, o esto o lo otro… y al final estaremos de regreso a casa y al trabajo… pero no por eso dejamos de ir a las vacaciones “porque al final vamos a estar en casa de nuevo”…

Así, tener para qué? Para experimentar, para compartir, para dar, para hacer todo esto en expansión… más destinos, nuevas sensaciones, más culturas, conocernos más a nosotros mismos en esos distintos ámbitos…

Buscar tener más, para incomodarnos, y así buscar dar más de nosotros mismos, para dar todo nuestro brillo, dejando huella, esa que queda tras haber tenido el coraje de vivir como si cada día muriéramos, como si cada día regresáramos a casa… Nada más espiritual que querer tener más en todas las áreas de nuestra vida, porque nos exige ser más… Nuestra avidez por expansión, es sólo voracidad por nuestra propia implosión…

(1)     Una Nueva Tierra, un despertar al propósito de su vida. Eckart Tolle.

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Mejor… desvestirse!

Recientemente leí la siguiente frase: “Usted no puede hacer sentir al otro importante en su presencia si usted secretamente siente que él es un don nadie”-Les Giblin

Cuando la leí pensé que esto era especialmente pertinente en desarrollo del negocio que construyo, donde lo que antecede el perfeccionamiento de la transacción, es la venta de un concepto, de un sueño.  Mi trabajo busca que la gente acceda subirse al vehículo que la llevará a materializar esa ilusión, en lo físico y/o en lo financiero. Esa labor de persuasión ha de hacerse con personas de toda condición socio-económica, de todo talante, de todo nivel de desarrollo de conciencia.

Exponerse a tan amplia variedad, es el mejor ejercicio para experimentar total presencia. Ésta, exige la conciencia de buscar conectarme, a través de la elección de escuchar y darle toda mi atención a quien tengo al frente, con el propósito de conocerlo, de entender sus motivaciones, de escuchar lo que en el fondo realmente quiere decir, lo que realmente desea recibir, sin juicio alguno.

Ese ejercicio, que vivo en ejecución de mi actividad, se ha convertido en algo tan natural, que recientemente fui gratamente sorprendida cuando tomé conciencia de ese estado de presencia en un ámbito ajeno al trabajo. El otro día advertí una especie de revelación, al observar mi interacción con mi mamá.  Y eso me hizo afinar todo ese tema en el que creo y que en el último post compartí sobre la incondicionalidad y universalidad del amor.

Ese día mientras escuchaba a mi madre, tuve esa sensación de ser un observador externo de nuestra relación, de nuestro afecto, o al menos de mi afecto hacia ella, y pude darme cuenta que cuando la vi, no como mi mamá, sino como esa señora dulce e inocente, pero también voluntariosa e imprudente que a veces es, la quise más. La quise como quiero a la señora extraña que llega al club de nutrición a contarme de su vida. Al verla más “limpia” de la historia de nuestro vínculo, le tuve más compasión. Y me sentí complacida de estar teniendo ese sentimiento con mis seres cercanos, así como he venido aprendiendo a tenerlo con desconocidos.

No creo ser la única en pensar sobre mi madre, como ese ser que uno adora por ser –en la mayoría de casos- quien nos ama incondicionalmente, pero que también es ese ser que puede llegar a desesperarnos. Lo interesante, es que sabemos que eso que nos exaspera de ella es lo que nos pone en la situación que evidencia las debilidades de nuestra evolución.  Evidencia lo que hemos aprendido de sus comportamientos, lo que aún somos y nos molesta de nosotros mismos.

Al asumirla como una señora cualquiera, que en otro plano o no sé dónde se le arrogó el rol de tenerme en su vientre, criarme y aguantarme mis berrinches a los dos años, mi grosería a los trece, mi atrevimiento a los dieciocho, y mis juicios muchas veces…incluso hasta ahora…  Al verla así, como a la señora X, prospecto de tomarse la nutrición que vendo, y que llega a contar cosas solo porque la escuche, me di cuenta que a mi madre no le había ofrecido todo mi amor…

Me pareció una gran revelación, porque fue sólo cuando la saque del rol de madre, cuando pude verla en su esencia, y me dieron ganas de darle atención a ésta, sin juzgarla, porque empecé a escucharla desde otro lugar… Cuánto cuesta, pero al verla así he empezado a restituirle su valor.

Es el significado que damos al rol asignado al otro en nuestras relaciones, lo que hace que desvirtuemos el valor de ese ser humano. Es eso lo que hace que desvirtuemos el propósito de las relaciones: sentirnos cómodos, en gozo, en fluidez, en armonía, dándonos mutuamente. Eso sólo puede darse cuando nos amamos recíprocamente tal como somos.

Una amiga no tiene por qué contestarme el teléfono “porque si es mi amiga debería contestarme”, y tampoco es por eso que se quiere a una amiga, sino por la felicidad que nos da nuestra compañía mutua. Por qué pensar que los únicos que nos pueden amar a pesar de nosotros mismos son nuestros padres y nuestros amigotes? Por qué pensar que no es posible de ser así en una relación entre amantes (ya saben uso esta palabra para novios, esposos, compañeros, etc.), entre ex-amantes?

Así es que cada vez disfruto más de la compañía de mi madre, porque evito juzgarla, así como vengo esforzándome a hacerlo con el resto del mundo. El hábito construido empezó a permear otras esferas… quizás las más importantes. Porque además, al estar acercándome a mi círculo más íntimo en esta compasión, me estoy acercando con ese mismo sentimiento a mí misma.

He llegado a entender que las comillas con las que introduje este texto, tienen mucho más que ver con uno mismo. Cómo transmitir e irradiar nuestro valor, nuestra belleza, si secretamente no pensamos que la poseemos?

Por fortuna la vida le pone a uno circunstancias que exhiben de frente esto, y si uno está atento puede deleitarse al entender por qué pasan las cosas que pasan.

Circunstancias varias, recientes, me han permitido seguir reforzando mi entendimiento del encanto de lo genuino, como sea que es. Me he sorprendido de ver la impresión que sobre las personas causo al irradiar algo que sólo se da cuando actúo con absoluta desprevención. Cuando doy lo que soy frente a personas con las que a través del lente de la mente uno diría, por ejemplo, “con éste no tendría una relación romántica, etc.” (por la razón que sea), justo ése es el que termina ‘hechizado’. Cuando menos imposto mis actitudes, mis palabras, mis gestos, cuando corro y me rió como una niña, es cuando hay alguien idiotizado mirándome correr… Esto es, ejerzo el magnetismo que  ejerce un niño, cuando me desvisto de cosas de las que, quizá inconscientemente y por fuerza del hábito construido por tanto tiempo, he terminado investida…

Me siento agradecida porque la vida se encarga de ponerme de frente cosas que permiten seguir quitándome cargas y vestiduras que no requiero.

He empezado a disfrutar mucho experimentar cómo es más fácil ser que hacer. Es más liviano…

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La incondicionalidad del amor

El otro día leía en una revista todo el drama desencadenado por las acciones del señor Bernard Madoff, acusado de un fraude por unos USD50,000 millones básicamente a través de un esquema de pirámide. El texto además de hacer referencia al suicidio de uno de sus hijos en diciembre pasado, menciona que los hijos de Madoff tras conocer la forma en que su padre operaba, dejaron de hablarle y que prácticamente se desintegró la familia.

Más allá de la precisión de la información, quedé impactada por lo que para mí resultó ser la esencia de mi lectura. Me pregunto en qué se basaba el amor de unos hijos por su padre, si ante esa situación lo dejaron al garete. Y que por supuesto no se entienda que justifico el fraude. Pero es ahí donde considero debería evidenciarse esa cualidad inherente al amor que es la incondicionalidad.

Así es que me preguntaba a mi misma qué habría pasado, si yo supiera por ejemplo que mi padre, un ser íntegro que amo tal como fue en esta vida, hubiera estafado o defraudado a alguien.  Al final es lo mismo, estafar, defraudar, mentir. Es decir, lo que hizo Madoff en términos éticos, es igual que si le hubiera sido infiel a su esposa, porque la diferencia no la hace que hubieran sido millones de dólares los que tumbó. Y lo que me respondo es que, yo no dejaría de amar a alguien que he amado, por un evento así.

 La más básica razón, es porque no soy quién para tirar la primera piedra. Y nunca me he robado un peso, ni siquiera unas vueltas de más. Porque uno nunca sabe las razones que hay detrás del corazón de alguien para hacer algo, porque sencillamente en su realidad eso “está bien” o al menos no está mal. Y todos y cada uno de nosotros tenemos nuestra propia “realidad”.

Una amiga con quien compartí esto, me decía que ella no creía que el amor fuera incondicional, y que el único amor que es así, es el de una madre por un hijo. Y yo no creo eso. Primero, porque conozco de madres que no aman a sus hijos, porque ser madre no es un hecho que dé por sentado que ésta va a amar al hijo. Amar es una elección. Segundo, y lo esencial, es que el amor no es un sentimiento que se pueda clasificar, como el de la madre por los hijos, el de uno por la madre, el de uno por los amigos, el de uno por los amores, o por los ex – amantes. El amor es el amor, y por supuesto en la cotidianidad, el amor por los amantes incluye una intimidad física distinta a los demás, y quizá es la única diferencia.

Como lo dije en un anterior blog, lo que cambia en relación con el amor es el volumen y la sintonía, pero el amor es el amor, así como el sol siempre está, uno no dice que no existe el sol porque está de noche.

Y le conté a mi amiga una historia, sobre una experiencia propia de la incondicionalidad de mi amor con una amiga. Esta última me debía una plata importante y durante mucho tiempo no dijo nada en relación con esa deuda y una vez que le pedí de forma asertiva que definiéramos, literalmente se desapareció. Pasaron meses sin saber de ella. Para mi cumpleaños, siempre hago una convocatoria a cenar a mis amigas más cercanas y ella es una de ellas. Así que por supuesto estuvo incluida en el mail que convocaba la cena, pues pagara o no pagara nunca la bendita deuda, ella sigue siendo una de mis amigas más especiales. Para ser franca, puedo decir que yo había decidido provisionar esa deuda… Nos reencontramos para fin de año, nos declaramos nuestro mutuo amor, charlamos de todo excepto del tema en cuestión y hace una semana ella me pagó.

Yo digo, qué idiotez habría sido que yo declarara que ella no podría ser mi amiga y que hasta aquí llegaba esta amistad en razón de ese evento que puede ser juzgado con varios calificativos. Pero no, su amistad, lo que de ella he aprendido, y los momentos en los que ha estado a mi lado valen infinitas veces más que la deuda, que habrían podido ser los mismos 50,000 millones de Madoff… El monto no hace la diferencia.

Amar así me genera una paz profunda que es lo que más busco tener en mi vida.

Tras escribir esto también pensaba que los hombres que la vida me ha puesto en el camino para amar, por una u otra razón, han sido especialmente expuestos a los juicios de la gente, en los negocios y en sus vidas personales. De no haber sido porque me enamoré de la esencia de esos seres, si me hubiera sumado a la masa que los juzgaba, quizá nunca habría vivido los romances más sentidos y profundos que haya vivido… Y recuerdo una frase: “Sus vidas deben ser tan pobres que por eso necesitan hablar de las de los demás”. No puedo sino estar agradecida de la riqueza que he tenido en mi vida al haber amado hombres que siempre me han develado el niño que llevan dentro. Eso es lo que uno ama: la esencia.

Lo más lindo es que esos hombres se enamoraron de la mujer que les generaba la comodidad, la paz y la confianza de poderse quitar esos trajes de temibles, fríos, intimidantes y desconfiables hombres, trajes endilgados por otros, pero a veces acogidos como propios. Soy agradecida por ser la mujer que genera esa sensación de “permitir ser sin censuras” como alguien me escribiera…

Amo amar como amo… y claro, aún me falta mucho por aprender en esas lides, pero por la serenidad desde donde comparto lo que he compartido, sé que voy bien.

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